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El hedonista elige

Visita al bello museo madrileño de la calle SerranoLázaro Galdiano, vivir por amor al arte

El coleccionista donó al Estado su palacio con el contenido de toda una vida dedicada a la compra de obras de arte

Uno de los museos más bellos de Madrid es quizá el más desconocido. Y, sin embargo, contiene obras que todo el mundo conoce; delante de más de una muchos exclaman: «¡Ah, estaba aquí!».

El museo Lázaro Galdiano es nuestro, de todos. Lo heredamos a la muerte del coleccionista que generosamente se lo donó a un Estado que nunca reconoció sus méritos ni su sabiduría.

El coleccionista José Lázaro Galdiano pasó su vida comprando pintura, escultura, joyas, esmaltes, cerámicas… y llegó a acumular 13 000 valiosísimas obras de arte. Un coleccionista no es un comprópata que tiene dinero y se da todos los caprichos, sino alguien con un profundo conocimiento del mundo del arte, de la historia y la cultura, que asume responsabilidades y riesgos, que salvaguarda obras maestras, que contribuye económicamente a preservar el mercado artístico, que protege el patrimonio de todos y que se ocupa de conservarlo. Si encima lo regala sin condiciones, es también un benefactor de la humanidad.

Además de coleccionista, Lázaro Galdiano (1862-1947) fue escritor, editor, crítico de arte y fundador de La España Moderna, una publicación que permitió a los españoles leer sobre sociología, filosofía, ciencia jurídica y literatura. Él mismo se ocupaba de dar la brasa a los colaboradores para que entregaran a tiempo los artículos prometidos, y ahí están sus cartas recriminando a Menéndez Pelayo sus retrasos o a Juan Valera su silencio. Durante los 25 años que duró la revista, firmaron en sus páginas su gran amiga Pardo Bazán, Galdós, Clarín, Zorrilla, Concepción Arenal, Cánovas, Unamuno… y también importantes autores extranjeros.

José Lázaro perdía dinero con la publicación, pero los humanistas son así: se empeñan en difundir el saber entre gente que no quiere saber nada.

Gracias a su labor de editor se publicó en España por vez primera Así habló Zaratustra, de Nietzche. Su biblioteca llegó a tener veinte mil volúmenes, con joyas como El libro de los retratos de Pacheco, suegro de Velázquez, o 92 cartas manuscritas de Lope de Vega, que la Fundación Lázaro Galdiano conserva con mimo.

Tal para cual

Este hombre extraordinario se casó a los 41 años con Paula Florido, de 47, momento en el que se juntaron el hambre con las ganas de comer. Si él ya tenía una gran colección en la casa «mejor puesta que existía en España», según palabras de Rubén Darío, ella contribuyó a la causa con su enorme fortuna y una parecida pasión por el coleccionismo.

Poco después de la boda, en 1903, empezaron a construirse un palacio en la calle Serrano, de Madrid. Ni era una vivienda normal ni Lázaro un cliente fácil, así que pasó lo que pasa con las obras… y tardaron nueve años en inaugurarla. Mientras tanto, la pareja y los dos hijos menores de ella, ya viuda de tres maridos, con un hijo de cada padre, viajaban y vivían en hoteles de lujo, especialmente en París, donde podían seguir comprando como si no hubiera un mañana. Durante sus casi 30 años de matrimonio, los dos coleccionistas acumularon valiosísimas piezas…, aunque a veces se haya acusado a Lázaro de actuar como un pescador: exagerando el valor de sus capturas.

Paula murió en 1932. Dejó su dinero al hijo mayor, el único que la sobrevivió, pero la parte de su palacio y sus colecciones fueron para su cuarto marido. Lázaro, triste y solo, siguió con «su único vivir»: el coleccionismo. Residió en Nueva York, donde se hizo con más de mil piezas, en París y en Roma. En 1947, poco antes de morir, agrupó sus tres colecciones, Nueva York, París y Madrid, en el palacio que fue su residencia, donde en sus buenos tiempos epataba a la sociedad ilustre e ilustrada de la época.

El palacio que nos deja con la boca abierta

Al museo Lázaro Galdiano se accede por la que fue zona de almacenaje, calderas y cochera. Como todo es maravilloso, uno no se da cuenta de que aún podría ser mejor. Así que al subir a la primera planta a la gente se le abre la boca y no puede evitar un sonoro oooooooh.

El exquisito matrimonio Lázaro-Florido no reparó en gastos. Los frescos, el artesonado, el pavimento, el mobiliario, los estucos, las portadas, las maderas… todo se encargó a los mejores de la época. Y Lázaro contrató también a los restauradores de más prestigio para cuidar su patrimonio, cada uno experto en lo suyo. Un concepto moderno de la conservación que ha mantenido su obra en magnífico estado.

Este museo es especial. Lázaro lo donó sin condiciones, con lo cual su criterio es museístico; o sea, no es como fue su casa, y eso se agradece, porque se disfruta el arte con criterios profesionales y no domésticos. Se trata de una colección de colecciones que alberga arte de todas las disciplinas y de todas las épocas, excepto de la que le tocó vivir a Lázaro: «El arte moderno no tiene cabida en mi casa», decía. Hay espadas históricas, abanicos, vidrios, tejidos, orfebrería, medallas conmemorativas, esmaltes… desde la Antigüedad hasta principios del siglo XX. La pieza más remota es un elegante jarro tartésico del VI a. de C.

En una de sus salas está el único gabinete de miniaturas de España abierto al público, una colección de delicadas piececitas a las que era aficionada Paula, compradora de retratos y más de esas épocas en las que no existía la fotografía, cuando uno podía llevar así la imagen del hijo, del amante… Son delicadísimas pinturas al agua difíciles de conservar.

Y hay también cuadros de El Bosco que todos conocemos, como ese San Juan Bautista extraordinario, que Lázaro no consiguió recuperar en vida, perdido por los avatares de las guerras, y que apareció en un museo holandés que cometió el error de querer negociar su compra. Está también el único Constable que hay en España después de que la baronesa Thyssen vendiera el suyo porque se había quedado sin suelto. De Goya, el pintor favorito de Lázaro, pueden verse, entre otros, El aquelarre y Las brujas. Hay obra de Velázquez, del Greco, de Lucas Cranach, de Zurbarán, de Carreño, de Ribera, de Murillo… En una sala cuelga el hermoso retrato de Gertudis Gómez de Avellaneda pintado por Madrazo, ese que todos reconocemos; en otra, el de Góngora, también el que más nos suena.

Destaca una pequeña pintura que en su momento se creyó de Leonardo, El Salvador adolescente, y que da igual que no lo sea porque «primero hay que ver el cuadro y luego la cartela», como dice Carmen Espinosa, la conservadora jefe del Lázaro Galdiano, y porque en el rostro se ve la mano del maestro, con su hermosa androginia.

A este museo le sobra obra y le falta espacio. Hoy se pueden ver unas mil ochocientas piezas y hay unas tres mil en almacenes, sin contar la biblioteca. Por eso cada dos por tres hacen exposiciones temporales: obra gráfica de Goya, de Durero, de Rembrandt… porque el coleccionista Lázaro Galdiano se enorgullecía de tener lo que nadie tenía, y que hoy ni siquiera está en el Prado.

Después de la frase de «¡Anda, si estaba aquí!», la siguiente más escuchada entre quienes acuden por primera vez al museo Lázaro Galdiano es «¡Cómo no he venido antes!».

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