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El hedonista elige

Pasó casi 50 años dando vueltas por el mundoMaría Zambrano, de profesión exiliada

Visitamos la fundación de la filósofa en Vélez-Málaga

Tuvo una vida de nómada antes, durante y después de su exilio en 1939. Ni quiso parar quieta ni pudo. Pero acabó como empiezan los periplos, en el punto de partida: Vélez-Málaga. Allí está la Fundación María Zambrano.

María Zambrano fue filósofa en una época en que las mujeres no eran ni eso ni casi nada. Pero nació en la cuna adecuada: su padre y su madre fueron maestros, y lectores. En su cofre infantil de los tesoros, María tenía un libro de Leibniz, antes de saber leer. Se dio prisa, y a los 10 años ya publicó su primer artículo sobre la paz europea en la revista del instituto. Acababa de estallar la Primera Guerra Mundial.

Pensar no suele traer la felicidad ni el dinero. Y ella tuvo algo de lo primero y muy poco de lo segundo. Sí disfrutó de la admiración de cuantos la conocieron. Gregorio Marañón, tras escucharla en una conferencia, dijo de ella: «Si tuviesen doce muchachas iguales a la que habló, España daría la vuelta como un calcetín». María gozó siempre del reconocimiento intelectual, del amor de unos cuantos hombres, del cariño de los gatos propios y los ajenos, y de la unión con su hermana querida, Araceli, a la que se refería como «el mejor regalo que me dieron mis padres».

De allá para acá

En 1910, con seis años, María y su familia se trasladaron a Segovia. Allí cursó bachillerato, como pocas niñas de su época, y allí conoció a León Felipe, a García Lorca y a un buen amigo de su padre: Antonio Machado.

Cuando en 1926 los Zambrano-Alarcón se instalaron en Madrid, María fue discípula de Ortega y Gasset, Besteiro, Zubiri. Ya se había convertido en una intelectual y participaba con empeño del activismo estudiantil. Publicaba en la Revista de Occidente, en El Liberal de Madrid, en Manantial de Segovia… El entusiasmo de estos años se resume en su declaración de principios: «Vamos a ser serios del modo más alegre».

Su mala salud de hierro (vivió 87 años) la frenó en plena actividad. El médico se lo puso muy clarito: «Tú tienes que elegir entre tres años de reposo y tres meses de vida». En cuanto se recuperó de la tuberculosis, publicó su primer libro, trabajó como profesora de Metafísica, escribió su tesis doctoral, se lanzó como conferenciante…

Cuando se casó con el secretario de la embajada de la República Española en Chile, salieron para allá inmediatamente. Era 1936 y las cosas no estaban para pensárselo. De camino, pararon en Cuba, donde María y Lezama Lima iniciaron su gran amistad. Un año después, el matrimonio decidió volver a España, y lo hicieron, dijeron, «porque la guerra está perdida». Su marido se incorporó al ejército y ella se instaló en Valencia, escribiendo en favor de la República.

Nada que hacer. En el 39 se exilia en París. Un año después, María y su marido volvieron a La Habana, donde ella trabajó en la universidad. De allí a Puerto Rico, a México, con viajes a Nueva York. Luego de nuevo a París, Roma, Ginebra… Casi medio siglo de un lugar a otro y sin parar de trabajar y de repensar España: «El exilio es el lugar privilegiado para que la patria se descubra».

Ganas de volver

El siglo XX fue un horror para el mundo, para los europeos y para los españoles. Medio millón salieron al terminar la guerra civil, pero los que buscaban refugio en Europa no encontraron la paz. María fue una de tantos intelectuales errantes. Y se resistió a regresar. Hizo del exilio su filosofía para conseguir ese «no estar hecho pedazos» a pesar de los amigos perdidos y las ocasiones que no llegaron.

Aquí no supimos entender que volver puede ser tan doloroso como partir. En cuanto hubo ocasión, insistimos una y otra vez, sobre todo en Vélez-Málaga, que querían recuperar a su vecina más famosa, y le ofrecían vivienda y un sueldo, porque los pensadores no ganan mucho, ni aunque sean de la talla de María Zambrano.

Cuando por fin la filósofa encontró el momento de abandonar Suiza, dijo: «Si yo no vuelvo, no puedo volver porque yo no me ido nunca; yo he llevado a España conmigo».

En 1984 estaba enferma y vieja, pero sin arrugas en el pensamiento. Se instaló en Madrid y tuvo aún varios años de intensa producción, en los que las autoridades trataron de compensarla por tanto deambular. Ya le habían dado el premio Príncipe de Asturias de la Comunicación y las Humanidades y nombrado hija predilecta en su pueblo; ahora, además, la invistieron honoris causa por la Universidad de Málaga (1987) y le concedieron el Premio Cervantes (1988). A punto estuvo de ganar el Nobel ese año en que se lo quitó Cela.

La Fundación María Zambrano

María Zambrano fue una filósofa adelantada a su tiempo. Su pensamiento no es solo profundo sino también poético, algo que la hace ser eso que no abunda, original. El prolongado destierro hizo que su trabajo apenas se conociera en España; famosa ella, pero no su inmensa obra.

Cuatro años antes de morir, firmó un acuerdo con el ayuntamiento de Vélez-Málaga para crear su fundación en el palacio de Beniel. Les donó todo su patrimonio cultural, personal y sus gatos.

Hay casi 4000 cartas que tuvimos que esperar diez años para conocer, y que hoy querríamos ver una a una. María se relacionó con Antonio Machado, Unamuno, Gabriela Mistral, León Felipe, Octavio Paz, Ciorán, Ferrater Mora, Jorge Guillén, Nicolás Guillén, Alejo Carpentier, Cernuda, Lezama Lima, Ramón Gaya, Elena Garro, Gómez de la Serna, Rosa Chacel, José Bergamín, Américo Castro, Manuel Altolaguirre… y fue amiga íntima de Miguel Hernández y Albert Camus. En su epistolario están también las cartas de amor encendido del doctor Pittaluga.

María Zambrano tuvo una producción extraordinaria. El exilio, los exilios, no mermaron su tiempo de trabajo. La fundación conserva su biblioteca personal, con 3000 libros; entre ellos, los suyos, primeras ediciones con anotaciones de su pluma y su letra, manuscritos con sus correcciones. Hay recortes de prensa de una larga vida, sobre las cosas que a ella le interesaban. La fundación exhibe documentos personales, pasaportes, solicitudes de permisos de residencia, recetas médicas o títulos académicos. Encontramos las fotografías de cuando fue joven, risueña y coqueta, con sus grandes amigos José Ángel Valente y José Luis López Aranguren. Y más de 200 revistas en las que María publicó.

Por allí andan colgados sus cuadros, obras de Miró, Tapies, Ginés Liébana, Ramón Gaya, Canogar…

Y hay objetos conmovedores, como la máquina de escribir donde ella posó los dedos, o sus gafotas gordas, y un birrete del color del mar de Vélez-Málaga. Todo lo que María llevó consigo de uno a otro exilio, porque los desterrados gustan de cargar a cuestas su hogar y configurar su patria en el lugar en el que recalan.

El penúltimo viaje

En 1991, después de muerta en Madrid, a María Zambrano aún le quedaba otro viaje por hacer. Quiso ser enterrada en Vélez-Málaga, porque «la infancia es el lugar entre todos que se lleva siempre consigo para bien o para mal».

Dicen que está allí sepultada. Habría que verlo. Sí que hay una pequeña casita con su nombre, encalada y con tejadillo de teja roja, muy andaluza, entre un naranjo y un limonero. Pero encima de su nombre pone «Surge, amica mea, et veni», la frase que ella, tan defensora de la esperanza, pidió como epitafio. Así que igual ya se ha largado a un nuevo exilio.

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