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La Guía Hedonista

Propiedad hoy del Ayuntamiento de Madrid, puede visitarse los fines de semanaEl Capricho de la Alameda de Osuna

Recorremos el Parque de la Alameda de Osuna en Madrid con Ramón Cano, historiador y restaurador, para conocer cómo veraneaba la aristocracia en el XVIII-XIX.

Pasear en primavera por el parque El Capricho de la Alameda de Osuna y sus jardines románticos es un verdadero placer. Si además lo hacemos en compañía de Ramón Cano, historiador y restaurador, la experiencia se convierte en una emocionante y sorprendente recreación del pasado.

Recreación de los últimos años del siglo XVIII y principios del XIX, cuando los Duques de Osuna y especialmente la duquesa, doña María Josefa de la Soledad Alonso Pimentel, protectora de artistas, toreros e intelectuales, crearon un auténtico paraíso natural que frecuentaron las personalidades más ilustres de la época y en el que trabajaron los artistas, jardineros y escenógrafos con más prestigio.

Ramón Cano ha dedicado más de tres años a la recuperación de este patrimonio artístico-natural de Madrid y tiene tal conocimiento sobre El Capricho que daría para escribir un libro. Elhedonista tiene el privilegio de contar con su guía durante nuestro paseo por la Alameda de Osuna.

El concepto y el origen de la Alameda de Osuna
La Alameda de Osuna es un palacio suburbano de recreo rodeado de un fantástico parque de estilo romántico paisajista, que perteneció a la familia de los duques de Osuna. Se empezó a construir en el tercer tercio del siglo XVIII. En 1934 fue declarado Jardín Histórico y en 1985 Bien de Interés Cultural. Hoy pertenece al Ayuntamiento de Madrid.

La idea de jardín es un concepto que surge ya desde antiguo, con el nacimiento de las primeras ciudades y su urbanismo, como elemento de expansión y recreo. La idea es reproducir la naturaleza en todo su esplendor, con sus árboles, plantas, flores, bosquecillos, caminos, estanques, fuentes, cascadas e incluso animales, pero “a tamaño reducido”, de forma selectiva, cuidada y controlada.

El siglo XVIII trae un renovado gusto por el jardín de la mano del escritor, filósofo y naturalista J. J. Rousseau, con sus ideas de la vuelta a la naturaleza, a la naturaleza libre, donde reside el estado puro de las cosas. Surge entonces un gusto por los jardines de carácter naturalista, reflejo de la propia naturaleza, con un desorden ordenado, donde se reproducen todos los elementos y accidentes naturales, dando la impresión de espontaneidad. Este gusto cala profundamente en toda Europa e influye en todas las artes: pintura, escultura, literatura, música…, y hace que se desarrollen parques y jardines espléndidos de estas características en Inglaterra y Francia principalmente, surgiendo los jardines románticos paisajistas, técnicamente llamados anglo-chinos.

El estilo de El Capricho
Estas influencias, unidas a la gran personalidad y gusto moderno y exquisito de la Condesa-Duquesa de Benavente y Duquesa de Osuna, doña María Josefa de Pimentel Tellez-Girón, inspiran el Parque de “el Capricho” de la Alameda de Osuna. Su estructura está formada por tres estilos distintos de jardín: un jardín de eje central de perspectiva más bien de estilo francés y que finaliza con un planteamiento de setos y rosales delante del palacio, diseñado en los años 40 por el gran jardinero sevillano Javier Winthuysen (1875-1956). A su derecha se desarrolla el “jardín bajo” con la Fuente de las Ranas, más bien de estilo italiano, con su gruta, sus fuentes y un gran laberinto de laurel. Y a la izquierda, ocupando la mayor parte del terreno, se desarrolla un jardín romántico paisajista con sus caminos sinuosos, su rica y variada vegetación, donde predominan los lilos. Proliferan los estanques y la larga ría que atraviesa un gran estanque donde encontramos dos islas y una cascada, elementos que no deben faltar en este tipo de jardines. No faltan tampoco los pabellones de recreo de arquitectura única como El Abejero, El Casino de Baile, La Ermita con su paseo de cipreses y el Embarcadero con la Casita Filipina al borde del lago. Y la casita rústica de la Vieja, el templete clásico de Baco, la exedra con sus esculturas clásicas y bustos de emperadores, la columna de Saturno o la estela votiva funeraria del tercer duque de Osuna…, además de un buen número de puentecillos entre los que destaca uno de estructura oriental en hierro, que según se dice es el primer puente de hierro construido en España. Encontramos también el fortín y la ruina de un castillete, la llamada Montaña Rusa o montaña artificial con vereda y pabellón en la cima…, en fin, todo un mundo fantástico de esculturas, fuentes, flores, plantas exóticas, arboledas, aves, animales y rincones para el delirio, característicos de los jardines románticos paisajistas y que convierten a El Capricho en un monumento único.

La personalidad de la duquesa de Osuna
En España, el siglo XVIII supone un gran cambio con la llegada de los Borbones, que traen los nuevos gustos de las cortes europeas, renovando el ya caduco y anticuado estilo español de los Austrias. Con Carlos III se imponen los ideales de la Ilustración abrazados por la nobleza más destacada. Entre ella sobresale una mujer de extraordinarias cualidades: Doña María Josefa de la Soledad Alonso- Pimentel y Téllez-Girón, Borja y Centelles, Condesa Duquesa de Benavente, de Béjar, de Arcos, de Gandía, princesa de Anglona, de Esquilache…. ¡un total de treinta títulos y un santo y dos papas en su linaje, que lucía con gran orgullo como hacían las rancias y vetustas familias romanas! Mujer de altísima alcurnia, de una vasta cultura e inteligencia, elegante y encopetada, siempre a la última moda que dictaba la corte de Versalles, mecenas de artistas, pintores, literatos, músicos, toreros y amiga de la intelectualidad ilustrada de su tiempo. Poseedora de una inmensa fortuna, una extraordinaria biblioteca y una orquesta de cámara que dirigió Boccherini. Casada con don Pedro Alcántara Téllez Girón, IX Duque de Osuna y marques de Peñafiel, hombre culto y de un gran interés por la música y la literatura y miembro de la Real Academia Española.

Siguiendo la corriente de la época de construir villas suburbanas alrededor de Madrid, como la Quinta de los duques del Arco en el Pardo, la Moncloa de la duquesa de Alba, Vista Alegre, los Carabancheles, Las Villas del Marqués de Suances, Torres Arias, La Fuente del Berro…, la duquesa de Osuna compró al conde de Priego una casa con sus terrenos, al noroeste de Madrid, en las cercanías del pueblo de Barajas, con una idea fija: la de crear un lugar agradable y de recreo para la estación estival, donde poder abrir sus salones literarios y tertulias, sus círculos sociales artísticos e intelectuales. Tenía que estar a la altura de los más exigentes gustos de las modas aristocráticas europeas y debía plasmar las nuevas ideas que aprendió durante su estancia en Paris. Para ello llamó a arquitectos, jardineros, decoradores y artistas de primera fila.

Las obras de construcción de El Capricho. Arquitectos, pintores, escultores y jardineros. Árboles, plantas y flores.
En la Alameda de Osuna se aúnan una conjunción de características arbitradas por la personalidad culta y refinada de la duquesa; se alían tendencias innovadoras filosóficas, modas de jardines, arquitectos españoles con jardineros franceses, escultores italianos con pintores de renombre, para crear un conjunto único en España.

La duquesa no escatimó en buscar lo mejor de su tiempo para la construcción y el embellecimiento de su “Capricho”. Tras haber comprado la finca al conde de Priego en 1783, empezó con las reformas y la ampliación del parque. Para ello en un principio encargó un proyecto de jardín al ilustre jardinero Pablo Boutelou, cuya familia vino de Francia para trabajar en la corte de los Borbones principalmente en los jardines de la Granja, realizando el Jardín Bajo de estilo aglo-chino. En 1787 aparece otro gran jardinero francés, Jean Bapiste Mulot, que la duquesa conoció en Francia ya que había trabajado en Versalles en el Petit Trianon de María Antonieta, creando diversos elementos que existían en Versalles como el Templete o el antecedente de la Casa de la Vieja al estilo del Hameau de María Antonieta. En 1795 otro jardinero francés entra en la Alameda, Pedro Provost, asesinado en 1810 en el Capricho durante la ocupación francesa. Fueron sus hijos los que posteriormente continuaron la obra.

Los arquitectos son también variados. El primero que reforma la casa existente es Manuel Machuca Vargas. Con Mateo Medina irá estructurando el palacio con sus torreones. Tadey realizará decoraciones y pinturas murales. Tras la marcha de los franceses, el gran Arquitecto Mayor de Madrid, Antonio López Aguado, reforma el palacio y construye el Casino de Baile. Su hijo Martín López Aguado realizará también importantes reformas.

Tenemos asimismo pintores de primera línea, como Juan Gálvez, que pintó el gran tondo del Casino de Baile con una alegoría a la entrada de la Primavera, o Tadey que realizó todo el conjunto de pinturas murales y trampantojos que decoran el palacio y pabellones del jardín, salvo el gran número de lienzos que colgaron de los muros del palacio realizados por Goya, pintor de cámara y amigo de los duques. En escultura destaca, entre otros, Juan Adán que realizó la Venus del Abejero en mármol de Carrara.

Fue mucho el interés de la duquesa por tener una gran variedad de plantas traídas de distintas partes del mundo, a pesar de la dificultad que ello suponía en su tiempo. Facilitó su labor la amistad contraída con el director del Jardín Botánico de Paris, quien le proporcionaba plantas, y con el director del recién creado Jardín Botánico de Carlos III en Madrid. Muchas de las plantas que existieron han desaparecido debido a los tiempos difíciles que sufrió la Alameda, pero aún se conservan un gran número de especies de importancia, entre ellas un rosal de Pitiminí, en la Casa de la Vieja, que cubre sus paredes de rositas pequeñas en las tempranas primaveras. Fue traído como planta exótica y curiosa de China, exclusivo para la duquesa, que según la tradición plantó ella misma con sus propias manos.

Una forma de veraneo: arte, cultura y divertimento en El Capricho
La duquesa disfrutó enormemente y amó su parque de El Capricho. No solo demostrando un profundo interés por su construcción, por el diseño y crecimiento de su vegetación, sino en la propia organización de eventos y festejos que fueron conocidos en todo Madrid: corridas de toros con las más prestigiadas figuras de la época, como Pedro Romero y el Hillo; bailes, conciertos, meriendas campestres, tertulias ilustradas, veladas…, banquetes a los que asistía la más alta nobleza madrileña e incluso los reyes Carlos IV, María Luisa de Parma y Fernando VII…, batallas navales en el lago, juegos… Para la organización de estos festejos la duquesa contrató al artista, decorador y tramoyista Ángel María Tadey, encargado de montar arquitecturas fatuas, como un templo de Diana para una fiesta de disfraces a la griega, o revestir la fachada del palacio. ¡Llegó a confeccionar un banquete con la reproducción de todos los edificios y pabellones de la Alameda realizados en guirlache, mazapán y chocolate! Organizaba veladas musicales acuáticas en la ría, al modo de las de Fernando VI en Aranjuez con Farinelli, iluminando la ría con hachones y falúas de recreo que transportaban a la orquesta deslizándose por las aguas camino del Casino de Baile que se encontraba en la otra punta. En fin, todo ese refinamiento cortesano, frívolo y lúdico del siglo XVIII lo introdujo la duquesa en Madrid, importado de Europa.

La temporada de la Alameda comenzaba a principios de la primavera y acababa con el final del verano. Los duques se trasladaban con una legión de servidumbre y personal de la casa para organizar los festejos que llenarían las jornadas del estío. Muchos fueron los personajes de la nobleza, la política, la literatura, las artes y la sociedad invitados: el conde de Aranda, Jovellanos, Moratín, el General Urrutia, Tomás de Iriarte, Boccherini, Pérez Villaamil, Pedro Romero, el Hillo…, pero entre todos ellos destaca la figura de Goya, quien pasó largas temporadas en la Alameda, habitando la Casa de la Vieja y durmiendo en la habitación pompeyana, lejos del bullicio del palacio.

El declive de la Alameda de Osuna
La duquesa murió en 1834 a la edad de 83 años. Pero la actividad continuó con sus nietos herederos, primero con don Pedro de Alcántara Téllez Girón, XI duque de Osuna (1810-1844), ejemplo de hombre romántico muy de su tiempo. Proyectó un teatro al aire libre a la griega, unas cuadras y un museo para albergar su colección de obras de arte, al mismo tiempo que en el parterre de entrada, con forma de hipódromo, se celebraron las primeras carreras de caballos. Después de su repentina y temprana muerte heredó títulos y bienes su hermano don Mariano Téllez-Girón y Beaufort-Spontin (1814-1882) XII duque de Osuna y XV duque del Infantado, quien con su orgullo de nobleza y sus extravagancias de hombre estirado, altanero y gomoso dilapidó la enorme fortuna. Con ello la Alameda va cayendo en una desidia que solo verá un rápido destello con la visita de la reina Isabel II, para caer otra vez en la dejadez, hasta su compra por la familia Baguer quien la restaurará y devolverá su esplendor hasta que en 1936, con la Guerra Civil española, la Alameda vuelve a sufrir nuevos avatares. Finalmente, en 1974 el Ayuntamiento de Madrid compró la Alameda de Osuna, comenzando una recuperación que finalizó en 1999.

Más información y horarios en la web de El Capricho de la Alameda de Osuna.

Imágenes de María de Sagarra

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