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Paris, Rive Gauche

Robert Mapplethorpe y su juego voyeur

La retrospectiva del fotógrafo neoyorkino llega a París con un solo objetivo: enfrentarnos al voyeur que llevamos dentro.

Robert Mapplethorpe es uno de los fotógrafos más controvertidos del siglo XX. Enamorado del cuerpo humano, su obra no vacila en adentrarse en el mundo de lo políticamente incorrecto para mostrar una sexualidad que mezcla escándalo y atracción. París rinde homenaje a este artista, convirtiendo al Grand Palais en el centro de peregrinación bajo la atenta mirada de los voyeurs de la ciudad.

Camino por un París lleno de carteles y vallas publicitarias. El verano se acerca, y las modelos de lencería fina han sido sustituidas por los cuerpos imposibles de las chicas bikini, mientras ellos se descamisan o se presentan al mundo con los torsos mojados por una lluvia artificial. Paralelamente, L’Express anuncia en su portada: “El Sexo: Lo que los padres esconden a sus hijos”. La contradicción es una constante en la capital francesa, y yo giro la esquina del quiosco para poder alcanzar la entrada del Grand Palais antes que llegue la lluvia.

En una ciudad en la que tradición y modernidad no dejan de pelearse, el museo se ha convertido una vez más en el centro de atención, al albergar en sus salas la aún polémica obra del fotógrafo Robert Mapplethorpe. Este neoyorkino que junto a Patti Smith formó una de las parejas artísticas más influyentes de la América del siglo XX, sigue dando que hablar a los visitantes que se aventuran a explorar su trabajo. Las risas nerviosas recorren la exposición, y hay quien paga la entrada sin apenas atreverse a ver lo que el fotógrafo quiere mostrar. Las orquídeas comparten espacio con penes erectos, pieles llenas de sudor y formas abstractas dibujadas a base de vello, sin que la diferencia temática plantee conflicto. No en vano, el artista siempre afirmó: “Busco la perfección en la forma. Lo hago a través de los retratos. Lo hago a través de los penes. Lo hago a través de las flores”.

Son pocos los que se cruzan con la obra de Mapplethorpe por primera vez. Sus fotografías han alimentado durante décadas la subcultura homosexual de medio mundo, y hoy en día siguen cimentando las fantasías prohibidas de muchos. Este universo erótico, tachado en ocasiones de pornográfico, se basa en la admiración por el cuerpo desnudo, en la que las musculaturas exageradas proceden de hombres y mujeres que posan sin vergüenza ante la cámara del americano. No se trata de escandalizar al espectador, sino de hacer ver aquello que no se permite observar. Como el ojo de un voyeur, la mirada de la cámara nos transporta a un universo en el que las nalgas de Lis Lyon o Derrick Cross son todo lo que debemos observar.

Hay algo excitante al ver esta exposición rodeado de gente. La luz de los muros tiene un tono violáceo, oscuro, y quien quiera puede esconder su rostro entre las sombras. A veces escucho una risa nerviosa, y asumo que alguien ha visto un nuevo falo que no esperaba encontrar en una fotografía titulada “Hombre con traje de poliéster”. Una pareja aventurera se coloca a mi lado y se acerca peligrosamente al desnudo de un joven bailarín negro, mientras otros visitantes lanzan miradas rápidas por miedo a ser considerados unos pervertidos. Asistimos a un espectáculo digno del cine para adultos, y algo en esta experiencia nos perturba y emociona al mismo tiempo. De vez en cuando la mirada de dos visitantes se cruza en una misma obra, y el espacio entre ellos parece convertirse en un incómodo campo magnético que obliga a uno de ellos a marcharse.

Paseo al mismo tiempo entre flores de extrañas geometrías y hombres con cuerpos en tensión, atravesando una instalación con referencias religiosas en la que hacen tiempo los visitantes menos dados a adentrarse en la aventura sexual de Mapplethorpe. Una joven Patti Smith se multiplica en una serie de imágenes que, si bien son íntimas, nada tienen que ver con la sexualidad, y frente a ellas la culturista Lis Lyon presume de bíceps enfundada en trajes ochenteros y telas transparentes. El epílogo lo conforman una multitud de polaroids que hablan de romances autobiográficos made in New York y escándalos sexuales con trágico desenlace.

Los visitantes abandonan la exposición comentando la aventura. Algunos siguen sorprendidos por el tamaño de los miembros expuestos. Otros abanderan el conservadurismo y juzgan el carácter vulgar de la exposición, discutiendo con sus colegas sobre el savoir faire y la élégance photographique. Un último grupo sale de la exposición debatiéndose entre la fascinación y la vergüenza. Aunque las reacciones son muy diversas, nadie sale indiferente, y no puedo evitar acordarme del también neoyorkino Woody Allen cuando afirma: “No sé cuál es la pregunta, pero definitivamente el sexo es la respuesta”.

Paris, Rive Gauche

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