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“Las preguntas no son nunca indiscretas. Las respuestas, a veces, sí”. Oscar Wilde

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Un pequeño museo con grandes obrasMuseo de las Bellas Artes de Burdeos

Para comprender una ciudad hay que visitar sus museos, pero también para comprendernos a nosotros mismos

Todo museo es un enigma. Da igual que uno sepa lo que va a ver, que domine la obra de los pintores que allí cuelgan sus obras o que conozca de memoria las esculturas a las que mirará a la cara. Una vez dentro, todo son preguntas.

Cada museo es diferente, aunque todos tengan en común ese silencio que nos permite escuchar nuestros propios pensamientos y percibir la fuerza con la que nos golpean las emociones.

No hace falta que sean grandes museos, ni tan espectaculares como la Florencia que aturdió a Stendhal ni tan imponentes como la Acrópolis que conmocionó a Freud. Hasta el más modesto de los museos nos provoca una revolución.

Los museos son mundos aparte

Nos hacen cuestionarnos por qué el pintor eligió un tema delicado, hermoso, cursi o cruel. Queremos saber si el artista detestaba o amaba a su modelo, si trabajó por inspiración o si lo hizo por encargo de un cliente generoso o apremiado por un jefe deleznable. Nos gustaría conocer cuánto tiempo tardó en pintar su obra, si le impusieron ese formato gigantesco y quién decidió que un marco tan rimbombante sería el adecuado. Nos preguntamos si el cuadro se pagó al momento, a tres meses vista o jamás. Nos intriga la historia y el recorrido de esa tabla, de aquel lienzo, los salones que ha adornado y las compraventas por las que ha pasado hasta terminar colgado en estas paredes.

Paseamos por las salas ignorando por qué una obra nos produce tan intenso sentimiento y otra, en cambio, nos deja indiferentes. Analizamos los recuerdos que nos despierta una boca, un paisaje, una mirada, un pliegue… y nos sorprendemos viajando de un azul de Prusia a un pensamiento perdido. Nunca tenemos la certeza de saber lo que hay detrás de una escena amorosa y apenas podemos intuir el dolor de la madre que ha perdido a su hijo. Solo hay dudas.

En cada sala nos esperan muchas más interrogaciones. ¿Qué hace esa chica aquí un domingo por la tarde plantada ante el paisaje de Corot? ¿Por qué este Rubens llama tanto la atención de esa pareja? ¿Cómo es posible que este hombre pase de largo ante el Delacroix? ¿Esos visitantes que se ríen del Picasso serán turistas? ¿Para quién hace una foto esa mujer, con quién va a compartir la escena de Renoir? ¿Qué piensa este anciano al ver el retrato de Matisse? ¿Qué sienten, qué les recuerda, qué tienen dentro de sí mismos y qué les espera fuera?

Y una cuestión más: ¿hasta qué punto se aburren los vigilantes?

Todo museo es un enigma.

En el Museo de las Bellas Artes de Burdeos

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