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Impresiones desde Cozumel, en México

Una visión personal de un carnaval familiar en la Isla de Cozumel, la Isla de las golondrinas, en el Caribe mexicano.

Por tan solo unos días no pude ir al Carnaval de Venecia, estuve luego en Padua y sólo alcancé a ver dos grupos de personas ataviadas en las más exquisitas telas y con antifaces espectaculares, pero eso fue todo. Dos sábados después,  y aún con la sensación de no haber carnavaleado, desde Tulúm, en México, manejé a Playa del Carmen y tomé un barco que me llevaría al Carnaval de Cozumel, una hermosa isla enclavada en el Caribe mexicano y una fiesta orientada a la familia que dura dos semanas y que se ha celebrado desde 1908.

Después de un paseo en un barco que intimidante se movió debido al aire que soplaba,  llegué a “La Isla de Cozumel: La Isla de las Golondrinas”. Al caminar me di cuenta que el pavimento dibujaba golondrinas en pleno vuelo, escondidas entre suaves olas del mar.

Parecía estar todo tranquilo cuando llegué, paseé por el malecón y me encontré con diferentes estatuas de golondrinas, tucanes y otras aves bañadas en diamantina y pintadas de los más deliciosos y contrastantes colores caribeños, algunas parecían alzar el vuelo mientras que otras parecían ir bajando hacia los azules del mar que se extendía hasta el horizonte.

Me detuve a tomar fotos y escuché por detrás el grito de algún niño, que alegre pasaba corriendo para luego desaparecer entre los cientos de colores de las telas bordadas que se mostraban afuera de las tiendas.  “¡Pásele amigo!”, ”¿Qué, le gustó?”, ”Lléveselo barato, mire venga, venga, ¿Español?  ¿Italiano?”, me preguntaban, “Mexicano,  nací en un lugar lejano, llamado San Luis Potosí”, respondía, “una ciudad que está como a 2,000kms de aquí”.  “Pos si está re lejos”, se reían y me volvían a preguntar que “¿Qué me llevaba pues?”.

Barandales blancos de madera contrastaban contra los colores de los muros, mientras que en otras casas se pintaban de verde, sin miedo al color, los marcos de las puertas sobre las fachadas,  las palmeras  además de su deliciosa sombra le regalaban un sensual aire caribeño  al paseo.  Al fondo nuevamente el mar se dibujaba en infinitos tonos de turquesa.

Después de una deliciosa comida en “El Muellecito” y de un cálido y casi infinito atardecer, volví a la calle.  El malecón ya estaba lleno de personas que alegremente esperaban el paso de los carros alegóricos. Era más fiesta de la que me había imaginado,  los niños bailaban con  las niñas alegremente y todos vestidos de diferentes formas cantaban, bebían y disfrutaban la gran energía que desprendían.

Mis pies empezaban a moverse mientras caminaba, parecía ir bailando sin darme cuenta, bachata por aquí, y a los dos minutos otro grupo que tocaba rumba.  Se escuchaban maracas que precedían el retumbar de los tambores, trompetas, acordes y acordeones, mambo, salsa y chile habanero, ¡aquello se ponía bueno!

Subí al balcón donde se juntaría la familia de mi amigo a quien visitaba, la vista era preciosa, el color del mar al otro lado del malecón había perdido los turquesas para convertirse en un sutil reflejo de las nubes rojas que casi se perdían en lo negro de la noche que caía.  Después de los ‘holas, mucho gustos’, al saludar a la familia siguieron minutos de ansiedad para ver en que terminaba esta aventura. Enseguida comenzó el desfile.

Alegría, música, baile, diamantina, plumas, brillos, confeti, pompas de jabón, humo y más alegría, ¡aquello era una bomba! Conversaba con la familia de mi amigo y mis pies seguían bailando,  eufórico me asomaba por el balcón para tomar fotos y después de un saludo me aventaban collares de diferentes colores. “¡Gracias!” gritaba y me respondían con un beso.

Amor, sonrisas, música,  los diferentes carros alegóricos llevaban  a los Reyes Niños del Carnaval, a los Reyes con Capacidades Diferentes del Carnaval, a los Reyes LGBT del Carnaval, a los Reyes Mayores, llamados Los Emperadores del Carnaval  etcétera, cada carro alegórico representaba diferentes escenas, Bosques de Flores, Egipto, algún juego de vídeo y hasta algún cuento de Disney.  Además de las diferentes comparsas que concursaban tras meses enteros de preparación. Las plumas, los brillos y las luces parecían moverse al ritmo de la música, como mis pies.

El último barco que salía de regreso a Playa del Carmen era a las once de la noche, hora en la que empezaba el concierto de Alejandra Guzmán, pero no tenía boletos y además mis pies demandaban descansar,  así que agradecí y me despedí de la familia, le di un abrazo fuerte a mi amigo y caminando a paso rápido llegué a la terminal donde cogería el barco.

‘Qué gran día, lleno de color, plumas, calorcito y alegría’, pensaba mientras iba en el barco, que en esta ocasión no se movía tanto. Todavía sentía la euforia adentro de mí, rodeado de gente que seguía ambientada y los grupos de amigos o turistas que habían disfrutado de la fiesta se veía muy contentos.

Iba sentado pero mis pies aún se movían con la música de mi mente, así que cerré los ojos y me dejé arrullar por el suave movimiento de las olas, respiré profundamente mientras sentía como mi cuerpo seguía lleno de esa energía,  tuve que manejar 40 minutos después del barco,  para regresar a Tulúm,  otro lugar a contar, pero por ahora vaya que ha valido la pena este colorido día.  Eso sí, en la resaca mejor ni pensar.

Era la una de la madrugada del día siguiente, cuando llegué por fin a Tulúm, cansado pero carnavaleado. Y manejando rumbo a mi casa a través de la selva, mágicamente volvían a mi mente las imágenes del día, contraste, brillos, bailes y sonrisas que me hacían volver a sonreir y me evocaban recordar por qué amo tanto este pequeño paraíso ubicado en el Caribe mexicano.

Una respuesta a Impresiones desde Cozumel, en México

  1. Paloma dijo:

    Gracias por compartir una escena llena de vida y color como ésta. He sentido mucha envidia!!

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