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Recorrido fotogríafico por alguna de las muchas aldabas de la Isla de MaltaLlamad a cualquier puerta

Los llamadores de las puertas de Malta, estéticos y evocadores, dan cuenta de su tradición hospitalaria. Incitan a llamar a cualquier puerta.

Toda puerta es un muro que separa, divide o protege. Pero cuando sobre ella se cuelga un llamador, es para dejar paso a la esperanza: la barrera puede abrirse. Ahí reside su magia.

En la isla de Malta las puertas tienen aldaba. Hay ciudades que han hecho de este accesorio su seña de distinción, sin importarles que la luz eléctrica haya traído otras formas más efectivas de colarse en la intimidad de cada casa. Ocurre en Cartagena de Indias o en Cuzco, porque los conquistadores españoles transportaron consigo esa tradición que hoy perdura en los sitios de Toledo o de Valladolid.

Pero antes de eso, España fue invadida por los árabes, que llamaron ad-dabb a la barra de hierro para cerrar una puerta, y luego a la argolla que la aseguraba. Por entonces surgieron aldaberos fantasiosos que lo mismo creaban un león, una musa, un lagarto, un falo, un querubín, una cabeza de Mercurio, un teriántropo o una mano –tal vez la de Fátima– para dar buenos aldabonazos. Y como «a tal casa tal aldaba», según dice el refrán español, algunas fueron muy historiadas y muy sonadas, porque también era importante su funcionalidad y no solo su estética.

Mucho antes, también en Pompeya, esa ciudad que desapareció por muerte súbita, hay constancia de que se utilizaban las aldabas, porque las cenizas del Vesubio las conservaron para nosotros.

Cabe pensar que los llamadores nacieron junto con la creación de las puertas: su inventor tuvo que darse cuenta de que una puerta vacía hace de cualquier estancia la cárcel de uno mismo, la negación de que alguien acceda a nosotros.

En Malta no hay puerta de casa que se precie sin su llamador. Así, de un simple vistazo, el viandante puede fabular sobre quién vive detrás. Quizá una aldaba hermosa pertenezca a un espíritu artístico, una muy oxidada tal vez sea del hogar de un huraño, otra repintada a lo mejor anuncia a una persona cuidadosa… No sabemos. Lo que sí está claro es que los malteses son gente hospitalaria y amable. Basta con llamar a su puerta.

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