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Estreno

Un acomplejado pero entretenido retro-noir ambientado en el Boston y el Tampa de los años veinte‘Vivir de noche’, Ben Affleck otra vez tras la cámara

Se presenta como un retro-noir de narración encorsetada pero producción deslumbrante.

Vivir de noche (2016) es la cuarta película de Ben Affleck tras la cámara, un director que hasta la fecha ha demostrado gran querencia por el cine criminal, y bastante solvencia cuando éste se viste de thriller, como ha sido el caso en sus anteriores tres películas, Adiós pequeña, adiós (2007), The Town (Ciudad de ladrones) (2010) y Argo (2012). No así cuando transita los pantanos del netro-noir, como ocurre en Vivir de noche (2016), en la que visita sin revisar el cine clásico de gánsteres para terminar ofreciendo un filme entretenido pero lánguido, adolecido por un guion excesivamente ambicioso, que nunca consigue dotar de nervio, y un protagonista carente de carisma, incapaz de llenar el holgado traje que viste. Porque ya se sabe, el que mucho abarca poco aprieta.

Basada en un libro del punzante Dennis Lehane, al que ya había adaptado en Adiós pequeña, la historia, adaptada a la pantalla por el propio Affleck, sigue las peripecias de Joe Coughlin (nuevamente, Affleck), un superviviente de la Primera Guerra Mundial que ha retornado del campo de batalla sin traumas ni traumatismos, pero con cierta laxitud moral y la férrea determinación de no seguir órdenes nunca más. Lo que en principio le mantiene al margen del crimen organizado en su Boston natal, donde se dedica al atraco a mano armada y cara velada, hasta que un lío romántico (Sienna Miller) le sitúa entre la espada y la pared, siendo la espada el capo italiano (Remo Girone) y la pared el boss irlandés (Robert Glenister), con quien se da de bruces. Su padre policía (Brendan Gleeson) consigue salvarle la vida, pero sus costillas y su libertad salen mal paradas. Con sed de venganza y hambre de exconvicto, nada más salir de la cárcel se alía con la mafia italiana, que le envía a Tampa para controlar la producción de ron y hacerse con el lugar. Empresa en la que le vemos triunfar durante los dos tercios restantes del metraje, ayudado por un camarada (Chris Messina), enamorado de una cubana (Zoe Saldana), acosado por un supremacista (Matthew Maher), auspiciado por el sheriff (Chris Cooper) y fastidiado por su hija (Elle Fanning). Hasta que la Ley seca se ve derogada, y su futuro empantanado.

Una historia demasiado extensa para encajarla en dos horas, forzando que el relato progrese habitualmente a golpe de resumen, lo que le permite sintetizar los eventos de cara a su exposición, pero rara vez narrarlos con el nervio necesario para dotarlos de tensión. Tampoco consigue la actuación de Afflect alcanzar la gravedad habitual del cine negro clásico, donde las palabras y las miradas pesaban como el plomo. Al actor, no hay duda, le sientan mejor las deportivas que los zapatos de charol. Ni la gravedad se alcanza poniendo la voz más grave ni la estoicidad manteniendo el cuerpo hierático. Y por mucho que fume, beba, apunte, se haga el ingenioso o el socarrón, su (in)expresión siempre cándida hace flaco favor al personaje, convirtiendo por arte de magia un supuesto perro de presa en tierno setter irlandés.

La película, en cualquier caso, gustará de los amantes del noir más retro. Aunque la narración avanza a trompicones, como las momias del cine de terror, cuenta con algunos personajes -el sheriff, su hija- y encuentros -mafia vs. Ku Klux Klan– interesantes. A lo que se suma una escena final con suficiente músculo para recuperar la confianza del espectador. Y una recreación de Boston y Tampa deslumbrante en su materialidad, desechando las comodidades del CGI, que tanto deslucían una película como El gran Gatsby (2013), a favor de un diseño de producción minucioso, tangible, donde los coches se tambalean al girar, las paredes crujen a cada disparo y las calles ensucian a quien se atreve a pisarlas.

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