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Con Isabel Rodríguez Vila

Enfermera y fotógrafa catalana, en su tercer libro habla de la muerte para decirnos que luego hay algo bueno.

Viajar por África le cambió la vida. Empezó a hacerlo junto a su marido, cirujano y cooperante, con el objetivo de captar con una cámara todo lo que veía. Por entonces Isabel Rodríguez Vila era fotógrafa, pero empujada por la necesidad de las realidades que compartía acabó diplomándose en enfermería en el Hospital de La Santa Creu i Sant Pau (Barcelona).  Y fue siendo enfermera, fotógrafa, miembro de su familia, amiga de sus amigos… como vivió experiencias de pérdida, de muerte.  Con confianza y apertura, transitó a través de ellas y escribió un libro.

Cuando nos vamos ¿a dónde vamos?‘ (ed. Círculo Rojo) es su tercer libro y el primero en el que establece “diferentes hipótesis sobre la continuidad de la vida del alma” dice de él el antropólogo y teólogo Javier Melloni. En sus páginas Isabel habla con serenidad de la muerte de sus abuelas, de un paciente que afirmaba haber visto a Dios, de una amiga… Sobre la pérdida de su hijo aún brota tristeza. ¿Aún? Bueno, es difícil que una herida así se cure del todo.

¿Porqué estudiaste enfermería siendo fotógrafa?
Decidí hacerme enfermera en 1992 cuando impulsamos una asociación. Ese año mi marido, que es médico, y yo viajamos a Congo. Y a ese viaje le sucedió otro al Chad y otro más… y me dí cuenta de que una formación en enfermería podía ser muy útil en estos viajes.

¿Y también ejerciste como enfermera aquí en España?
Sí, pero poquito, porque empecé mayor. Estuve en el hospital de Mataró (Barcelona) y además ayudaba a mi marido en su consulta privada.

Y en ese hospital te pasó algo especial ¿no?
Sí, así es. Un día entré en la habitación de un paciente que no estaba especialmente grave y me dijo “he visto a Dios”. Yo no le presté demasiada atención porque era bastante inexperta, no me di cuenta de que era la última euforia premortem, murió a los pocos minutos. Esta experiencia me impresionó y me hizo empezar a investigar en este campo.

En el libro hablas de bastantes experiencias de muerte en tus años jóvenes.
Sí, sí.  Menos mal que a mí la muerte no me asusta. Creo que puede ser bella. Cuando un anciano acepta que se va a morir, abraza y se despide con paz de los suyos, vive un desenlace precioso.  Si además sufre dolor físico, ese salto lo vive como muy liberador.

¿Esa es la paz que has visto en la muerte y de la que hablas en el libro?
Sí. Es la paz que le llega a un enfermo cuando ve que lo suyo es irreversible y se prepara en espíritu para el transito. Y para esto no hace falta ser católico o judío o nada porque, para mí, el espíritu no entiende de religión. Es una paz que no tienen las personas que no han hecho el proceso. Porque una cosa es morirse, irse, y otra hacer el proceso de morir, eso es lo importante.

En el libro también te asomas ligeramente a lo que, al parecer, encontramos al otro lado…
Sí, estudiando y recogiendo testimonios, como el de una tía mía que estuvo clínicamente muerta y tuvo una experiencia extrasensorial, encuentro elementos en común. Todos cuentan que en esos momentos, en los que el espíritu no está en el cuerpo, sienten un gran bienestar y no desean volver. Incluso los niños también lo refieren, sean de una religión u otra.

Supongo que estas vivencias son muy diferentes en países como el nuestro y en los africanos que tú visitas.
Mucho. Nosotros vivimos de espaldas a la muerte. No educamos a los niños para esta realidad y tampoco ayudamos a los ancianos enfermos a prepararse. Es aberrante.  En los hospitales las unidades de paliativos se ocupan del cuerpo… pero ¿y el alma o el espíritu? Y es que aunque deberíamos vivir sabiendo que nos vamos a morir… miramos para otro lado.

Tus abuelas murieron a solas contigo siendo tú muy joven en los dos casos.
Sí y muchas veces me he preguntado por qué se murieron cuando estaban solas conmigo. La experiencia con la primera fue muy bonita y con la segunda, aunque ya tenía quince años, nunca he entendido cómo pude llevarla yo sola por el pasillo hasta un sofá.

¿Cómo?
Pues yo creo que me ayudó una energía, que tal vez fue ella misma quien me la transmitió, no sé. Y luego vinieron más casos y de algún modo creo que fue una especie de preparación para soportar la muerte de mi hijo. Bueno… (sonríe forzadamente) tal vez no sea así pero a mí me sirve mirarlo con esta perspectiva.

Has escrito “uno puede controlar su propio dolor pero el dolor ajeno es una gran carga, mucho más que difícil y delicada de llevar”
Sí eso lo viví cuando murió mi hijo. Yo puedo saber hasta donde aguanto aunque llore o me desespere, es mi dolor y puedo asumirlo. Pero ver a mi marido destrozado o a mis padres que como abuelos  pensaban “qué hacemos nosotros aquí con nuestros años y se ha ido nuestro nieto”… me resultaba muy difícil de llevar.

¿Te queda algún mensaje de todas estas pérdidas?
Que no somos solo carne, que tenemos un espíritu impresionante que nos hace sentirnos especialmente bien cuando ayudamos a ser más felices a los otros. Yo creo que hay un destino para cada uno, aunque luego somos libres de elegir qué hacemos y qué no.

En tu caso ¿cómo es ese destino?
Yo me dejo mucho llevar, me dejo fluir,  aunque tengo mi meta presente, la que sea en cada momento. Y las puertas se van abriendo. Para mí el sentido de mi vida ahora es el ayudar, intentando no dispersarme mucho. Por ejemplo, con este libro quiero ganar dinero para construir un centro de salud. Ya hemos conseguido sacar para las paredes y el techo. Ahora nos falta lo del interior y, bueno… yo creo que haremos una próxima edición (se ríe).

Así que dejarse llevar…
Sí. El secreto es estar alerta y tomar las ocasiones que llegan. A veces me llaman para algo y no me apetece ir, pero voy porque es muy probable que se abra una puerta que sea buena para mí.

Y cuando tú quieres algo, pero las cosas parece que no quieren salir ¿qué haces?
Sí hay mucha contrariedad no insisto, no sigo por ahí. Pero sí continúo moviendo mi idea o mi objetivo porque a veces conozco a otra persona que me ayuda a propagar mi objetivo.

Bueno, tú miedo a la muerte ¿tienes?
Tengo curiosidad, pero no sé cuándo se acabará mi misión. Cuando eso pase, ya está, y tal vez me toque volver en otra ocasión.

¿Hablamos de reencarnación?
Sí. Y tal vez no aquí, pero no importa. Lo que espero es que cuando vayamos al otro sitio entendamos las cosas porque aquí no nos enteramos de casi nada, de por qué nos pasa lo que nos pasa. Pero, claro, al volver aquí otra vez estamos en el mismo punto. Bueno, menos mal que llegará un día que ya no volveremos…

Porque ¿cuál es el sentido de vivir?
Venir a aprender, a cumplir una misión. A mí, por ejemplo, la muerte de mi hijo me agitó muchísimo. Y una de las ideas que más me ayudaron a serenarme fue pensar que él ya había hecho su misión (aunque te confesaré que si siguiésemos hablando del tema acabaría llorando… porque ésa es una cicatriz que se abre y se cierra…). A mí me gusta pensar que todos estamos conectados, que somos una unidad y que todos estaremos un día juntos, como una chispa divina o una chispa energética.

Bonito…
La clave es generar amor aquí y luego seremos uno. Pero, vamos, yo no trato de convencer a nadie de todo esto, es mi verdad. Porque además mi verdad no te sirve a ti ya que cada uno debe hacer su proceso.

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