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“Las preguntas no son nunca indiscretas. Las respuestas, a veces, sí”. Oscar Wilde

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Con Cristina Hernández

Es periodista en TVE y ha conseguido desentrañar uno de los secretos más anhelados: cómo tener una vejez feliz

Imagina que puedes llamar a la puerta de un superviviente del holocausto nazi o la del artista Antonio López o a la de Eduardo Punset, Alicia Alonso, Claudio Naranjo, Salvador Pániker… y tener el lujo de poder hablar con ellos del discurrir de la Vida –así, con mayúsculas-, del sentido que vislumbran en su existencia. Imagina, además, que tienes la especial oportunidad de ser una de las últimas periodistas que comparten una tarde de recuerdos y sonrisas con Ana María Matute. Ésta ha sido la experiencia de Cristina Hernández.

Diplomada en Traducción y Licenciada en Filología Románica y Ciencias de la Comunicación, acaba de publicar ‘Bailar con los ojos cerrados’ (ed. Plataforma). Un libro delicioso con prólogo de Joan Garriga que a través 11 entrevistas de ‘viejos felices’, de entre 76 y 103 años, consigue dibujar la ruta secreta de un territorio no demasiado explorado o al menos comunicado en nuestra época. ¿Quién no desea conocer el camino que desemboca en una vejez feliz?

¿Por qué el título ‘Bailar con los ojos cerrados’?
Cada entrevista lleva un título, y escogí el de la entrevista a la gran bailarina cubana Alicia Alonso. Ella ahora está prácticamente ciega. Empezó con problemas de visión hace muchos años y el médico le dijo: ‘o el baile o la vista’.

Y ya sabemos lo que eligió.
Pero, claro, el precio que paga ahora es muy alto. Sin embargo, ella sigue bailando y creando coreografías, ya sea imaginándolas y dictándolas, ya sea en brazos de sus bailarines. Y éste es el ‘leitmotiv’ del libro: seguir bailando aunque haya habido muchas pérdidas, hasta el ultimo minuto de vida.

¿Por qué hablar de vejez? Es un tema que hoy no vende mucho.
Este tema es algo que está en mí desde siempre. Hay una teoría de la personalidad llamada ‘eneagrama’ y una vez leí que mi perfil, el cinco, tiene especialmente presente la vejez. 

No lo sabía…
Yo no sé si es por eso, pero al cumplir 50 años me empecé a preguntar sobre cómo sería mi vejez. Y para diseñar la etapa en la que estoy entrando paulatinamente, y vivirla de la mejor forma posible, quería explorar cómo la estaban viviendo personas que habían tenido una vida muy intensa y entregada. Según parece hay dos tipos de viejos: los que con el tiempo cada vez están más aferrados a las cosas y los que cada vez están más sueltos, ligeros.

¡Interesantísima afirmación!
Quería intentar aprender de ellos y generar una especie de profecía autocumplida. Aunque no soy dueña de mi destino, quiero ponerle las cosas fáciles para trazarme, en la medida de lo posible, una vejez feliz (dice sonriendo).

Desafiando prejuicios afirmas que la felicidad se expande en la vejez.
Sí, es la enseñanza que he extraído de estas entrevistas, que la felicidad aumenta con la edad si uno aprende a soltar. Y la vida se hace más intensa en la vejez porque se vive más el presente. En la edad madura nos dirige el ego y la lucha por la identidad (el estatus profesional, la belleza física…), pero en la vejez sólo queda la vida desnuda. Hay pérdidas, no hay que negarlas, pero si uno ha sido consciente y ha vivido despierto, habrá aprendido a soltar.

Destácanos algo que te haya conmovido durante las entrevistas
Me sentí muy conmovida con Marcos Ana, el preso político que más tiempo ha pasado en una cárcel española, 23 años en la época del franquismo. Él, que también es poeta, me contaba que ha aprendido a vivir a través de la alegría de los demás.

¿Cómo llegó a eso?
Bueno, creo que lo consiguió después de estar muy cerca de la muerte y de saber que su vida no valía nada para sus verdugos. De hecho, él vivió varios simulacros de fusilamiento y le quitaron todo, le quitaron incluso los recuerdos. Como había entrado tan joven en la cárcel, con el tiempo olvidó también cómo era el horizonte, como era el paisaje. Su poema más conocido se titula ‘Decidme cómo es un árbol’.

¡Dios mío!
Al salir de la cárcel y mirar a lo lejos, el horizonte le mareaba… hasta el vómito. Tuvo que aprender a vivir de nuevo. Nunca había tocado a una mujer, por ejemplo. Pero nunca se hundió en la amargura sino que aprendió a alegrarse por la alegría de los demás.

¿Y con quién te has quedado con ganas de más?
Me hubiera gustado hablar más de arte con Antonio López, porque en el rato que pasé con él sentí en vivo la chispa del genio. La sensación que transmiten estas personas es que lo que están haciendo es más grande que ellos mismos.

Es que imagino que este libro sería otro muy diferente con otros personajes, con un perfil de ‘viejo amargo’.
Claro. Es que los entrevistados que yo he elegido han tenido un pasado intenso y están teniendo también una vida intensa y alegre en la vejez, porque han aprendido a vivir en la ‘intensidad tranquila’ del ‘aquí y ahora’. Y al soltar es más fácil que vibre la alegría interior.

¡Guau!
Esa alegría natural de los niños, que con nuestras capas y capas de preocupaciones adultas vamos ahogando. El viejo se hace más ligero, esponjoso, amoroso… si ha aprendido a vivir.

Eso es lo que quieres para ti, supongo.
Exacto. Yo quiero ‘enamorarme del presente’.

Y es curioso porque estamos hablando de vida pero la muerte también aparece mucho en el libro
Así es. Porque la muerte no se puede separar de la vida, forman parte de lo mismo. Y la finalidad última de la vida es aprender a morir. Y la mayoría de mis entrevistados quiere vivir ese momento conscientemente, vivamente. Si pueden estar acompañados mejor, y aceptando que puede haber algo de dolor, porque el dolor prepara para morir y soltar.

Imagino que hay mucho de terapéutico en la escritura de ‘Bailar con los ojos cerrados’
Así es. Yo tenía mucho miedo a envejecer y morir, y no es que no lo tenga todavía, pero ya lo veo de otra manera. Me he dejado tocar por estas personas. Ha sido un bonito proceso de aprendizaje, que he resumido en un epílogo, al final del libro. Pero te diré una cosa, en el fondo el secreto está en aprender a amar.

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