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“Creo que moriré de poesía”.Nicanor Parra

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Marta Fernández Torres y el duelo

¿Por qué Marta Fernández Torres lleva casi 20 años acompañando a terminales y a personas en duelo?

Buscadora, aguda, crítica, inteligente, espiritual y con una vida ‘diferente’. Tras conseguir una licenciatura en Filosofía y Letras, Marta Fernández Torres empezó a dar clases en un instituto de Madrid hasta que buscando respuesta alternativas a un problema de salud topó con la acupuntura. Acabó formándose en esta terapia y abrió una consulta en los 80. Funcionó muy bien, con un público diverso entre el que se incluía “bastante gente que venía a seguir un tratamiento de desintoxicación”. El trabajo intenso la llevó a poner en marcha un plan para cuidar su equilibrio emocional y se apuntó a clases de yoga. También acabó haciéndose profesora. Y su curiosidad natural la llevó a entrar en contacto con la espiritualidad sufí, el zen, el hinduismo y finalmente con el budismo theravada “una espiritualidad que va más conmigo. Recuerdo perfectamente que la noche en la que Tejero entró en el Congreso yo había quedado con un amigo para hacer mi primera meditación”. Pero aún llegarían más novedades.

Cuidando a enfermos de su círculo próximo -su padre y una amiga- descubrió que se le daba bien estar cerca de ellos y el día en el que su marido le regaló el libro La muerte y los moribundos de la Dra Elizabeth Kübler-Ross se le abrieron nuevas puertas. “En esa época iba a Francia a un monasterio budista, empecé a colaborar con un grupo en España y en algún momento escuché hablar a un australiano que había creado un hospid. Eso me despertó gran interés por ese mundo porque el tiempo cercano a la muerte no es baldío, el enfermo está inmerso en hechos muy trascendentes”. Y así empezó a acompañar a enfermos de sida y presos terminales (con el padre Garralda) hasta que en el año 98 hizo otro curso de formación con el Centro de Atención al Duelo Alaia, donde también empezó a acompañar a familiares en duelo. Su tarea en este campo es impagable. Doy testimonio de ello.

¡Qué incógnitas nos trae la muerte! ¿no?
Yo diría que es la vida la que nos plantea muchas preguntas y a veces no es tan importante que encontremos todas las respuestas si no que dejemos las preguntas en nuestra mente, para que así nos abramos y quizás nos vengan las respuestas.

Y cuando tenemos las respuestas…
Pues quizás las cambiemos a lo largo de nuestra vida. Somos seres que fluímos, no somos estáticos porque ¿yo soy la misma de hace 20 años? Las preguntas nos ayudan a abrirnos al Misterio, al ‘otro’, a lo desconocido. Creo que la clave para vivir con gusto es fluir con lo que se nos presenta en lugar de aferrarnos a lo que nos gustaría que fuese.

Pero ¿por qué va a ser mejor abrirse a lo desconocido que protegerse de todo lo que tiene que ver con la muerte, hasta que nos llegue el momento?
Nuestro objetivo como seres humanos es vivir una vida plena y eso, además, nos dará una buena muerte. Para cada uno esa plenitud será diferente y cambiará a lo largo de nuestra vida. Por mi experiencia he visto que uno al ver su vida acabar ‘se esponja’, profundiza… pero ¿por qué no vamos a beneficiarnos de ello antes?

¿?
Todos vivimos pequeñas muertes cada día. Un amigo que se va lejos, un proyecto que se quiebra, una limitación de salud, un despido en el trabajo, la vejez… Aprovechemos el dolor que nos generan y convirtámoslo en ganancia porque el dolor puede no ser inútil.

Dicho así parece sencillo
Buda dijo: “no te creas nada que no hayas experimentado por ti mismo”. Por eso a lo largo de la vida tenemos la fortuna de poder observar y aprender. Aprender cómo reaccionamos, qué carencias nos condicionan, qué nos hace sentirnos a gusto con nosotros mismos, qué nos quita la paz…Y eso sólo se puede experimentar en primera persona, aquí y ahora.

¿Hablas de vivir como un proceso de aprendizaje?
Así es y partiendo de la base de que todos los seres humanos queremos ser felices. Pero en la vida de cada uno hay sufrimiento y felicidad y el que exista sufrimiento hace que valoremos su ausencia. Y eso es la felicidad: la ausencia de sufrimiento, suave ‘contentamiento’, suave brisa fresca.

Suena muy bien…
Cada uno debe buscar qué le hace feliz aquí y ahora porque todo es impermanente. Hay que elegir y comprobar si esa elección ha sido acertada o no. ¿Cómo? Siendo conscientes de lo que nos pasa aquí y ahora, momento a momento -la atención y la consciencia son básicos para el bienestar-. Y si creo que no he acertado asumo las consecuencias sin culpa, porque la culpa es bastante estéril, si no nos ayuda a aprender nos paraliza y nos quita autoestima. Y después debemos evaluar opciones de cambio.

Hablamos de consecuencias pero no de un castigo ¿no?
En el budismo no hay pecado, las malas acciones se hacen por ignorancia. Nuestra responsabilidad está en esa ignorancia que hay que transformar en sabiduría.

Ya…
Mira yo recomiendo un ejercicio muy interesante a las personas que se sienten en un atolladero. Consiste en imaginar que sé que tengo poco tiempo de vida ¿qué cambiaría? Esa cuestión nos lleva a los asuntos pendientes importantes porque los moribundos dejan ‘las tonterías’ apartadas. Y cuándo éstos se resuelven dejan mucha paz.

Umm…
Fíjate, son tan importantes que en el final de la vida es clave expresar los asuntos pendientes con las personas implicadas, para morir en paz. Aunque no me resisto a destacar de manera especial la necesaria reconciliación con lo que nos disgusta de nosotros mismos.

(Silencio)
He acompañado muertes en las que había mucha paz, se notaba mucha luz. Junto a un moribundo se puede rozar lo místico.

¿Cuál es el papel del acompañante en ese proceso?
Básicamente es un apoyo para rememorar acontecimientos que ayudan, al que se va, a percibir el sentido de su vida, la huella que deja en los que se quedan, a sentir que ‘todo ya está hecho’ y que la familia va a estar bien. Este proceso es más fácil recorrerlo con un acompañante que un familiar, ya que éste posiblemente esté inmerso en su propio proceso emocional ante la inminente pérdida.

¿Dirías que hay diferencia en la muerte de las personas que creen en algo y en las que no?
La hay. Y cuando el moribundo posee alguna creencia el acompañante debe reforzársela. Pero te diré que también he visto creyentes que no ‘querían soltar’ el control de la vida y lo contrario. Me parece que la gran diferencia está entre quienes viven sólo para ellos y los que lo hacen con espíritu de servicio.

Interesante…
Yo he visto a tres personas morir dando –literalmente- las gracias a los que estaban a su lado. Nada puede ser mejor que eso.

Se me pone la piel de gallina…
Decir sí a la muerte es haber dicho sí a la vida, y a la inversa. ¡Vive de verdad, dándote cuenta de que estás viviendo, enterándote de lo que haces o no haces, y tu muerte será mejor!

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